Tradúceme.

domingo, 24 de octubre de 2021

Con el otoño entrado...

Con el otoño entrado aunque no sentido. Con las palabras revoloteando todo el tiempo en mi cabeza, para mi  siempre tan sentidas. Con la certeza de conocer todo mi pasado, y, algunas veces, la osadía de creer conocer mi futuro. Con más de la mitad de mi vida recorrida. Con lo que he ido acumulando, y perdido, todos estos años. Sabiendo que quizá, y solo quizá, he sido parte en la vida de otros. Puede que tan solo un pequeño episodio, unas horas compartidas de alguna manera. Un recuerdo breve que viene a la memoria en una conversación en la que  se habla de algo sucedido hace tiempo. O tal vez no. Tal vez no soy tan siquiera eso. Deseosa de hablar de como me siento en realidad, de verdad, sin medias tintas, sin temer ese qué dirán con el que sin querer me educaron. Volcar de una vez ese recipiente que he ido llenando durante tanto tiempo y en el que, algunos días, no cabe ni una gota más. Sujetando ese peso, que solo yo veo, que solo yo siento. Buscando respirar. Conociendo la respuesta, que está justo en ese pasado que conozco. en las páginas que puedo ir pasando una a una, releyendo. Volviendo al origen. A ese anonimato absoluto. Volveré al principio y quizá encuentre el camino, otro camino. Y si no lo consigo, mientras lo recorro, seré yo otra vez...

Con el otoño de mi vida entrado. Con mis hojas cayendo. Sin primavera que esperar tan solo invierno

martes, 23 de febrero de 2021

Suficiente...

 

Nos pusieron una cinta parecida a esa pegada en el suelo del pasillo, dividiendo el espacio, intentándolo. Eso ocurrió hace pocas semanas en plena <<cresta de la ola>>. Todo estaba preparado, al menos en lo que al espacio se refería. No sé, si lo demás, si nosotros, o quizá deba decir siempre solo yo, lo estaba. Pero tal y como se espera  no dimos un paso atrás, aguardamos, con esa calma tensa que precede a los cambios. Y no sucedió, afortunadamente no nos alcanzó, no esta al menos. 
La cinta continua pegada al suelo.
Cada vez que camino por el pasillo y la veo la palabra que me viene a la mente es equilibrio. En los que hacemos entre las diferentes persona que somos, que nos conforman y nos hacen ser quienes somos. En los esfuerzos por mantenerlo, por no ser mucho de una cosa y poco de otra. Siempre intentando ser suficiente sea cual sea la cara que mostramos en ese momento. Suficiente siendo madre, suficiente siendo ama de casa, suficiente siendo hija, suficiente siendo hermana, suficiente siendo amiga, suficiente como ser humano, suficiente generosa, suficiente amable, suficiente profesional. Intentando siempre dar lo que puedes en cada una de esas facetas y me dejo muchas atrás. Y siempre con esa sensación de que en realidad, nada es nunca suficiente.
Nunca he visto el lado <<romántico>> de esto en lo que trabajo, lo siento, nunca lo he llegado a ver. Siempre lo he visto tal y como es, crudo, real, duro, doloroso, y tantas y tantas veces desagradecido. Siempre ha sido una lucha sin cuartel, y ahora, lo es aun más, una guerra de trincheras. Trincheras pegadas al suelo, a un lado estás a salvo y al otro...
Respiras, y te equilibras. Piensas que si en algún momento has de venirte abajo ya lo harás en casa, cuando no seas más que un mamá, o una hija, que se puede permitir el lujo de llorar sin más, solo porque sí. Porque ese día has vivido un par de situaciones en las que sentías que no eras suficiente de algo, de lo que sea. Porque siempre tenemos muchos frentes abiertos y no solo ese en el que hay cintas pegadas al suelo. Porque ese trabajo crudo, duro, doloroso y cansado algunos días amenaza con consumirte. Intenta ganarle terreno a todas esas otras cosas que somos.
Y de nuevo respiras, te equilibras, y pegas cintas para separar unas cosas de otras, unos mundos de otros, intentado siempre que eso sea suficiente, intentado ser siempre suficiente...

martes, 2 de febrero de 2021

La hermandad entre soldados...


 <<Lo único que hace la guerra psicológicamente tolerable es la hermandad entre soldados>>Sebastian Junger.

Oí esa frase en el final de un capítulo de una serie. Recordé, no las guerras vividas, pero si tantas situaciones, malas situaciones, salvadas por esa hermandad. Los que trabajan en esto en lo que trabajo yo quizá lo entiendan. Que somos capaces de sobrevivir a lo que vemos y a lo que sentimos gracias a esa capacidad, a esa hermandad que hace tolerable nuestro trabajo tantas veces. A la de unirnos y blindarnos los unos a los otros. A ser los unos la fuerza de los otros. A ser capaces de desconectar unos segundos, los justos que necesitan esa batería inacabable de energía que tenemos sabe Dios dónde para recargarse y poder seguir.  Mil veces he dicho que no soy ninguna heroína, que no libro batallas más que conmigo misma. Que no he vencido nunca a nada ni a nadie. Algunas veces ni siquiera espero que alguien me recoja o vuelva a por mi si caigo. Que tal vez yo misma esté tentada de salir corriendo en algún momento. Y entonces oí esa frase y entendí muchas cosas. Le hablé a una compañera de ella. Y en ese momento no dijo nada, pero si lo hizo días después para decirme que por mal que se pusieran las cosas, allí, nos teníamos los unos a los otros. No nos damos mucha cuenta pero somos como esos legionarios romanos que apoyaban escudo junto a escudo y repelían cualquier ataque. El enemigo, ese invisible e invencible, avanza inexorable. No da tregua. No descansa. Gana posiciones. Conquista, clavando su bandera de enfermedad y muerte allá donde hayamos intentado detenerlo. Nos replegamos. Trasladamos pacientes, cavamos trincheras, nos armamos y esperamos, con la certeza de que llegará, se quedará, intentará vencernos, gastarnos, minar nuestra esperanza. Pero el enemigo no nos conoce tanto como cree por más que nos invada. No no sabe de cuánto somos capaces.

No ha oído hablar de la hermandad entre soldados. No sabe...que somos soldados.


sábado, 23 de enero de 2021

Olas...

Olas...

Puede que hasta ahora una palabra tan breve como esa nos hiciera pensar en algo tan inmenso como el mar. En el arrullo y la cadencia suave, o en la bravura de la tempestad. En el olor a salitre. En el sol calentándonos la piel. En la arena húmeda entre los dedos de los pies. En lo incansable y lo interminable. En su constante ir y venir. En ese momento en el que tratan de alcanzarte, de mojarte, y das un par de pasos atrás, intentando huir..

Ahora cuando oímos hablar de olas, recordamos la primera, la segunda, la tercera... Y nos hace pensar en enfermedad, en muerte, en desánimo, en cansancio, en una lucha sin cuartel contra un enemigo invisible que, de momento, nos está ganando todas las batallas. Creo que nunca una palabra fue tan apropiada como esa, olas. La vemos crecer en la distancia. La vemos coger fuerza. La miramos desde la orilla pensando que romperá lejos, que no nos alcanzará. Nos retiramos, un paso, dos, tres... nunca los suficientes. La ola nos da de lleno, otra vez. No sé qué no hemos aprendido de las anteriores, aunque quizá no haya más por aprender porque no hay manera de irnos lo bastante lejos de ella. Estamos anclados en esta orilla y nos salpicará, y con suerte será poco. Creo que sabemos, que no va a ser la última. La sensación, la mía, es que esta, aún está creciendo.

El cielo está gris, las nubes amenazan tormenta, el viento huele a sal, el agua del mar está brava y oscura.

 Y a lo lejos...no deja de crecer una ola...

jueves, 21 de enero de 2021

Regresar...

 

Volver, retomar, continuar...

La imagen es la que tantas veces he visto en algunas películas. Una habitación a oscuras, alguien que abre una puerta por la que se cuela la luz del sol. Motas de polvo danzando en ese haz luminoso, atrevido y curioso. Muebles cubiertos por polvorientas sábanas que un día fueron blancas. Alguien que tira de esos sudarios y el sonido de la tela al caer. Más polvo, tanto que ese alguien sacude la mano ante si queriendo librarse de él. Quizá una tos. Una mirada alrededor para confirmar cuanto trabajo por hacer queda y, que de nuevo ese lugar, este, sea el que era. 

Siempre que escribo algo, lo que sea, comienza en un sitio como este. Tengo tanto que decir y, como siempre, tanto miedo de decirlo. El miedo devora sueños y los sueños no oponen resistencia. Al menos los míos no lo hacen. No creo en perseguirlos. Si un sueño huye de ti, por qué correr tras él. Debe permanecer a tu lado, y tú debes protegerlo y hacerlo crecer. Lo que vivimos hoy en día ha acabado con los sueños de muchos. En mi caso se llevó por delante lo que puedo llamar, inspiración. Acrecentó el miedo. Miedo a que todo lo que pudiera decir se diseccionará, o peor, que no se hiciera y nadie entendiese lo que mis palabras querían expresar.

Sirvan estas para quitar telarañas, sacudir el polvo, abrir ventanas y dejar que entre el aire frío de enero. Sirvan estas para desanquilosar mis dedos, para que recorran una vez más el conocido camino del teclado y ver, para mi sorpresa, que no han olvidado donde están cada una de las letras. Sirvan estas como un entrenamiento no muy extenso ni muy duro, no hay que intimidar a esa inspiración, si alguna vez la he tenido, que parece haberse asomado conmigo a este abandonado lugar...