Tradúceme.

jueves, 2 de marzo de 2017

Un párrafo de una página cualquiera...

Vamos nena, tú no quieres que me vaya dijiste acercándote a mí.
¡Vete! levanté la mano con intención de abofetearte.
La sujetaste con fuerza en el aire impidiéndome hacer lo que quería. Con la otra mano me cogiste de la cintura y me pegaste a ti. En mi memoria me justifico algunas veces pensando que me resistí, pero lo cierto es que no lo hice. Dejé que tu boca poseyese la mía con tal vehemencia que me rendí al beso de inmediato. Estaba acostumbrada a besos dulces, no a la pasión exigente que había en tus labios. Estaba acostumbrada a caricias cálidas, no al rastro de fuego que dejaban tus manos a su paso y que me quemaba en la piel. Estaba acostumbrada a una humedad en mi interior tibia y sensual, no a aquel deseo líquido, ardiente, sexual. Hay quien dice que la conciencia no le deja hacer tal o cual cosa, creo que mienten, hay mil maneras de acallar la conciencia,  yo las encontré. Había tenido una educación tradicional, mi familia era eso que llaman chapados a la antigua. Y allí estaba yo, en mitad del salón de la casa de mis padres, deseando a un hombre que no solo no era mi novio o marido, sino que debía haber sido mi cuñado. Estaba haciendo todo lo contrario a aquello que habían sido mis valores, mis creencias, mi vida hasta ese momento. Y allí estabas tú, arrancándome la ropa a tirones mientras sin pudor alguno me ofrecía a ti. 

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