Tradúceme.
martes, 23 de febrero de 2021
Suficiente...
martes, 2 de febrero de 2021
La hermandad entre soldados...
<<Lo único que hace la guerra psicológicamente tolerable es la hermandad entre soldados>>Sebastian Junger.
Oí esa frase en el final de un capítulo de una serie. Recordé, no las guerras vividas, pero si tantas situaciones, malas situaciones, salvadas por esa hermandad. Los que trabajan en esto en lo que trabajo yo quizá lo entiendan. Que somos capaces de sobrevivir a lo que vemos y a lo que sentimos gracias a esa capacidad, a esa hermandad que hace tolerable nuestro trabajo tantas veces. A la de unirnos y blindarnos los unos a los otros. A ser los unos la fuerza de los otros. A ser capaces de desconectar unos segundos, los justos que necesitan esa batería inacabable de energía que tenemos sabe Dios dónde para recargarse y poder seguir. Mil veces he dicho que no soy ninguna heroína, que no libro batallas más que conmigo misma. Que no he vencido nunca a nada ni a nadie. Algunas veces ni siquiera espero que alguien me recoja o vuelva a por mi si caigo. Que tal vez yo misma esté tentada de salir corriendo en algún momento. Y entonces oí esa frase y entendí muchas cosas. Le hablé a una compañera de ella. Y en ese momento no dijo nada, pero si lo hizo días después para decirme que por mal que se pusieran las cosas, allí, nos teníamos los unos a los otros. No nos damos mucha cuenta pero somos como esos legionarios romanos que apoyaban escudo junto a escudo y repelían cualquier ataque. El enemigo, ese invisible e invencible, avanza inexorable. No da tregua. No descansa. Gana posiciones. Conquista, clavando su bandera de enfermedad y muerte allá donde hayamos intentado detenerlo. Nos replegamos. Trasladamos pacientes, cavamos trincheras, nos armamos y esperamos, con la certeza de que llegará, se quedará, intentará vencernos, gastarnos, minar nuestra esperanza. Pero el enemigo no nos conoce tanto como cree por más que nos invada. No no sabe de cuánto somos capaces.
No ha oído hablar de la hermandad entre soldados. No sabe...que somos soldados.
sábado, 23 de enero de 2021
Olas...
Olas...
Puede que hasta ahora una palabra tan breve como esa nos hiciera pensar en algo tan inmenso como el mar. En el arrullo y la cadencia suave, o en la bravura de la tempestad. En el olor a salitre. En el sol calentándonos la piel. En la arena húmeda entre los dedos de los pies. En lo incansable y lo interminable. En su constante ir y venir. En ese momento en el que tratan de alcanzarte, de mojarte, y das un par de pasos atrás, intentando huir..
Ahora cuando oímos hablar de olas, recordamos la primera, la segunda, la tercera... Y nos hace pensar en enfermedad, en muerte, en desánimo, en cansancio, en una lucha sin cuartel contra un enemigo invisible que, de momento, nos está ganando todas las batallas. Creo que nunca una palabra fue tan apropiada como esa, olas. La vemos crecer en la distancia. La vemos coger fuerza. La miramos desde la orilla pensando que romperá lejos, que no nos alcanzará. Nos retiramos, un paso, dos, tres... nunca los suficientes. La ola nos da de lleno, otra vez. No sé qué no hemos aprendido de las anteriores, aunque quizá no haya más por aprender porque no hay manera de irnos lo bastante lejos de ella. Estamos anclados en esta orilla y nos salpicará, y con suerte será poco. Creo que sabemos, que no va a ser la última. La sensación, la mía, es que esta, aún está creciendo.
El cielo está gris, las nubes amenazan tormenta, el viento huele a sal, el agua del mar está brava y oscura.
Y a lo lejos...no deja de crecer una ola...
jueves, 21 de enero de 2021
Regresar...
Volver, retomar, continuar...
La imagen es la que tantas veces he visto en algunas películas. Una habitación a oscuras, alguien que abre una puerta por la que se cuela la luz del sol. Motas de polvo danzando en ese haz luminoso, atrevido y curioso. Muebles cubiertos por polvorientas sábanas que un día fueron blancas. Alguien que tira de esos sudarios y el sonido de la tela al caer. Más polvo, tanto que ese alguien sacude la mano ante si queriendo librarse de él. Quizá una tos. Una mirada alrededor para confirmar cuanto trabajo por hacer queda y, que de nuevo ese lugar, este, sea el que era.
Siempre que escribo algo, lo que sea, comienza en un sitio como este. Tengo tanto que decir y, como siempre, tanto miedo de decirlo. El miedo devora sueños y los sueños no oponen resistencia. Al menos los míos no lo hacen. No creo en perseguirlos. Si un sueño huye de ti, por qué correr tras él. Debe permanecer a tu lado, y tú debes protegerlo y hacerlo crecer. Lo que vivimos hoy en día ha acabado con los sueños de muchos. En mi caso se llevó por delante lo que puedo llamar, inspiración. Acrecentó el miedo. Miedo a que todo lo que pudiera decir se diseccionará, o peor, que no se hiciera y nadie entendiese lo que mis palabras querían expresar.
Sirvan estas para quitar telarañas, sacudir el polvo, abrir ventanas y dejar que entre el aire frío de enero. Sirvan estas para desanquilosar mis dedos, para que recorran una vez más el conocido camino del teclado y ver, para mi sorpresa, que no han olvidado donde están cada una de las letras. Sirvan estas como un entrenamiento no muy extenso ni muy duro, no hay que intimidar a esa inspiración, si alguna vez la he tenido, que parece haberse asomado conmigo a este abandonado lugar...
domingo, 1 de julio de 2018
En ausencia de ti...
Escribir...
Escribirte, a ti, a tu ausencia, como si pudieras verme, oírme...leerme.
jueves, 22 de marzo de 2018
Si pides un deseo...
Puede que no sea racional querer poseerte, querer ser por entero todo lo que piensas y todo lo que sientes. Que tu tiempo me pertenezca, no porque yo lo pida, sino porque tú quieras entregármelo.
Lo sé, tú no pediste ser amado así, con tanta pasión, con tanta vehemencia, sin descanso ni tregua. No pediste que yo quisiera entregarte mi vida entera, tal vez, eso nunca fue lo que quisiste. ¿Lo pedí yo? ¿Pedí amarte así? Fue quizá mi deseo no tener más vida que la que tú puedas darme. Sentir que no respiro hasta no tener tus labios en los míos, o que no me late el corazón más que cuando tu pecho se apoya en mi pecho. Que mi piel esté fría si no tiene contacto con la tuya, o que mis ojos no vean más que mi reflejo en los tuyos. ¿Quería yo eso? No lo sé, no sé si en algún momento he levantado la mirada a la luna llena o las estrellas y he soñado, deseado, pedido o rogado, amar, amar y amar sin medida alguna.
Y si lo hice, se me olvido completar la petición, debí pedir ser amada... de la misma manera.






