Tradúceme.

lunes, 14 de julio de 2014

Simplemente.

No sabía apagarse, desconectarse, ni siquiera sabía como hacer una pausa. ¿Cómo se le pide a un corazón que lata a otro ritmo? Lo había intentado, de verdad que lo intentaba. ¿Cómo se puede no pensar? Se esforzó en no hacerlo, en no pensar en él, y lo único que conseguía era llenar su mente con su persona, con todos aquellos recuerdos en los que él, era protagonista. Ella tenía, como siempre, mil locas teorías, o quizás eran las más cuerdas y la más razonables. Si te alejas de una persona a quien dices amar por propia voluntad, quizá, simplemente, es que no la amas. Si dejas de hablarle, de mirarla a los ojos, de sentirla cerca, sin que sea la propia muerte quien te lo impida, puede, simplemente, que eso sea lo que quieres. Si eres capaz de pedirle a tu corazón que no repita su nombre en cada latido, a lo mejor, simplemente, es que no late por quien dices que lo hace. El amor no se apaga y se enciende a nuestro antojo, se siente o no se siente, y nunca se razona. El amor no tiene un por qué, no se doblega, sólo ordena y los que lo aman, obedecen. Y a su parecer, no eran esclavos, si no afortunados, aquellos que podían disfrutar de tal sentimiento.
Ella había aceptado que, simplemente, estaba enamorada.

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