Tradúceme.

sábado, 7 de marzo de 2015

Un cuento de princesas.

Amanecía, el sol apenas despuntaba tras las agrestes montañas. La princesa dejó su tienda. Avanzó con cuidado entre las hogueras casi extinguidas y que aún daban algo de calor a los hombres que dormían junto a ellas. Alguno se removió en su duro lecho de tierra, y ella, detuvo sus pasos, no quería alertar a la guardia. Caminaba envuelta en su capa, y con la espada en el cinto. Su vieja cota de malla necesitaba algún remiendo. Tantas batallas libradas, y tan pocas ganadas. Llegó a una pequeña atalaya dejando atrás el campamento. Desde allí podría ver aquello que tanto ansiaba. La hermosa fortaleza que anhelaba conquistar. Años duraba ya aquel sitio, y se encontraba en el mismo lugar en el que lo comenzó. El viento sopló y agitó su cabellos. El sol arrancaba ya brillos dorados en las almenas de la fortificación que miraba. La ciudadela pronto despertaría. Entrecerró los ojos tratando de distinguir algo en los torreones. Llegó a aquella lid con el bando perdedor. Supo siempre que pretendía conquistar un imposible, un reino que nunca le pertenecería. Se llevó  la mano a la empuñadura de su espada. Apretó el puño con fuerza  alrededor y la desenvainó, blandiéndola en el aire. El astro rey llenó la afilada hoja de luminosos destellos. Aquel que la amaba y  aguardaba en el castillo podría verlos, y de esa manera saber que ella, seguía allí. Que no se había rendido.
El amor la había llevado hasta allí. Por amor había comenzado una guerra que no podría ganar. Por amor no batallaba, solo, esperaba. No usaba ni sola de las armas que poseía. No hacía daño, no podía. Por amor no se rendía. Era como aquellas rocas sobre las que pisaba, inamovible, impasible, dura. Sus hombres, los más osados y aguerridos guerreros se preguntaban por qué. Aunque jamás la abandonarían, porque sabían que la suya era una causa noble.¿Qué hay más noble que un sentimiento puro? No claudicaría, no lo haría, su corazón no se lo permitiría. Más de una vez había ordenado furiosa que se levantase el campamento, que se recogiesen las armas y se apagasen para siempre las hogueras. Pero antes de que alguno de sus hombres llegase si quiera a moverse revocaba esa orden. Porque era la única manera de calmar los latidos furiosos de su corazón.
Volvió a envainar la espada que se deslizo en su lugar con un siseo. Miró de nuevo hacía lo que tanto amaba y se dijo:
-Hoy no vencerás. Pero te queda mañana. Siempre mañana.
Su bandera ondeará todo el día, y las hogueras iluminarán el cielo nocturno. Desde la fortaleza oirán el entrechocar de espadas. Oirán a un ejercito que se prepara para atacar, pero que nunca lo hará. La princesa no avanza, no lucha, y pierde casi todas las batallas. Pero nunca, jamás, se rendirá.
Su corazón no se lo permitiría.




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