Tradúceme.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Palabras, siempre palabras.


Mi deseo bebe de la fuente de tus palabras. Crece y se alimenta de la fuerza de mi imaginación.
Siempre palabras entre tú y yo.
Palabras enviadas lejos que se pierden. Que se pierden entre las nubes. Que se quedan prendidas en las cumbres de lejanas montañas. Mojadas por la lluvia, desechas por el viento.
¿Quién sabe dónde van a parar las palabras perdidas?
Las palabras de amor que nunca encontraron su destino. Los corazones que se rompieron por su ausencia, por esperar palabras que nunca llegaron. Palabras mudas y frías sobre un papel, sin ninguna entonación. Tan llenas tal vez de sentimientos y pareciendo tan vacías.
Mi amor bebe de la fuente de tus palabras. De la unión de cada una de las letras que componen nuestro amor. De ese pasado aún reciente. De ese futuro siempre tan incierto. De este presente tan intenso. De esa vida nuestra inexistente, ficticia, y a la vez tan real.
Mis sueños beben de la fuente de tus palabras. Sueños en los que eres mio, sin palabras, con silencios. Silencios rotos solo con gemidos, con jadeos, con suspiros, con gritos. Gritos ahogados por besos. Besos profundos, lentos, largos, sin pausa. Besos que son la caricia más completa que se pueda sentir. Besos escritos con palabras,
Siempre palabras entre tú y yo.
Un amor, reducido a unas pocas sílabas.
Tú y yo.

miércoles, 15 de abril de 2015

La abuela Dolores.

La abuela Dolores no sabía leer ni escribir. Nunca se lo dijo a nadie. A lo largo de sus muchos años siempre se las arregló para no confesar que era analfabeta.
Dolores nació en un cortijo a principios del siglo pasado. Fue la pequeña de cinco hermanas, y su padre, al no tener varones no creyó de utilidad gastar dinero en un maestro. En aquellos tiempos los había que recorrían los campos, enseñando a los hombres de la casa a cambio de una comida caliente y algunos reales. Fue su  madre quien le enseñó lo poco que sabía. Cosas prácticas como a hacer cuentas con los dedos, para que no la engañaran si la enviaban a comprar algo al pueblo. Era una niña despierta, con unos preciosos ojos azules y una espesa melena oscura, que su madre recogía en una apretada trenza. En su casa, como en algunas otras, tenían una Biblia. La ponían encima de la mesa el día que el cura iba de visita. Por allí iban poco a misa, sólo había tiempo para trabajar. Pero el sacerdote gustaba de los guisos, que con la gallina más gorda, preparaba el día de visita la madre de Dolores. Ella solía mirar el libro curiosa, con sus pastas de cartón y las grandes letras que un día fueron doradas. Aunque por la mala calidad del ejemplar hacía tiempo que habían perdido el brillo. Miraba entre sus páginas aquella fila de letras, pequeñas, apretadas, y se quedaba maravillada cuando el cura leía un párrafo en voz alta. Siempre preguntaba a su padre que decía aquí o allá, pero éste, que tampoco era muy ducho con las letras, le daba largas diciéndole “nada que te interese mocosa, anda a ayudar a tu madre”. En su interior Dolores, se prometía que algún día... sí, algún día...
Sus hermanas se fueron casando cuando les fue llegando la edad. Ella lo hizo con tan sólo diecinueve años. Su marido, Antonio, no era mas que un jornalero que tenía arrendadas unas tierras cerca de donde vivía Dolores. No disfrutaría mucho de su vida de recién casada.
Corría el año 1936 y la Guerra Civil estaba a punto de comenzar. Las noticias que llegaban de Málaga eran alarmantes, pero al principio nadie temió que todo aquello llegase hasta aquel lugar en mitad de la Sierra de Ronda. Una noche su hermana mayor y su cuñado, llamaron a la puerta. Dolores estaba en camisón, acababa de saber que estaba embarazada y no se encontraba demasiado bien. Tenían que salir de allí lo antes posible. Los militares habían llegado al pueblo y se decía que habían fusilado a algunos hombres en la puerta del cementerio. Dolores oía hablar de “rojos” y “de los nuestros”, pero no sabía muy bien a que bando pertenecían ellos. Su marido, que el año anterior había acudido a algunas reuniones de aquellas que eran “cosas de hombres”, se asustó mucho. Hizo un hatillo con las pocas cosas que tenía, metieron algo de comer en unas alforjas que Antonio se echó a la espalda, y salieron en mitad de la noche. Pasaron días caminando. Encontraron a muchos que huían como ellos, los caminos estaban de llenos de mujeres, niños y  ancianos. Los hombres más jóvenes, como Antonio, se alistaban o eran reclutados a la fuerza. Ella nunca supo que mano divina los protegió a ella y a su bebe. Sufrieron toda clase de calamidades, el frío y el hambre fueron sus compañeros de viaje. Siempre guiados por el temor de los que iban encontrando que les decían “no vayáis por ahí, ayer mataron niños allí” o cosas como “han violado a las monjas del convento en aquel pueblo”. Su larga caminata la llevaría hasta tierras de Levante donde nacería su primer hijo, Miguel. Antonio tuvo que ir a la guerra. Se quedó sola con su pequeño, en una tierra desconocida y con una gente que no era la suya. Estuvo allí hasta que Antonio volvió sano y salvo. Ella había algunas de las cartas que él le envió, pero jamás supo que decía en ellas, ni pudo contestarlas. Las extraviaría en el largo camino de vuelta a su tierra.
Encontraron su casa en ruinas, alguien le prendió fuego con todo lo que contenía. Se instalaron con los padres de Dolores que habían sobrevivido de milagro. Nada se sabía de sus hermanas ni de sus cuñados. Lo más angustioso fue que para cuando estalló la guerra Dolores tenía dos sobrinos, de los que tampoco había noticias. Jamás volverían a saber nada de ninguno de ellos. Sólo chismes y rumores que contaban las comadres, cuando se reunían en los corrillos del pueblo.
Después de Miguel Dolores tuvo cinco hijos más, todas hembras, menos uno, el más pequeño, que habría llevado el nombre de Antonio pero que nació muerto. Cuando llegó la edad en que Miguel debía ir al colegio su padre se negó. Lo necesitaba para arar, sembrar, segar... o lo que en aquel momento se precisara en el campo. Dolores, insistió en que su hijo, y algo más tarde, todas sus hijas fueran al colegio. Haciendo ella un sobresfuerzo para suplir con su ayuda la que no podrían prestar sus hijos. Nunca podían asistir el curso entero y para ir tenían que caminar varios kilómetros. Pero Dolores sonreía orgullosa cuando los oía leer. No consintió que abandonaran la escuela hasta no haber aprendido lo que en aquel entonces podía considerarse suficiente. Leían, escribían, sumaban, restaban y se defendían con todo lo demás. Sólo Miguel demostró tener dotes para estudiar, y sólo él, tuvo después uno de aquellos maestros que como en la época de Dolores recorría los caminos. Miguel era como ella, curioso y siempre deseando aprender. Antonio no tardó mucho en  dejar de pagar al maestro y las clases se acabaron. Terminando asi con los sueños del muchacho, y con los de su madre, a la que le habría gustado que su hijo fuese maestro, y así ella, algún día, también podría aprender.
La vida no fue fácil para Dolores que enviudó pronto.  Antonio no le dejó más que deudas y bocas que alimentar. Miguel tuvo que ir a trabajar los campos de otro por un mísero sueldo. Dolores, ayudada por sus hijas, que eran aun pequeñas, llevaba las pocas tierras que quedaron  y no tuvieron que vender para pagar el entierro.
 Unos pocos años más tarde también tendrían que deshacerse de la casa, que había sido de sus padres,  para marcharse a vivir al pueblo. Dolores no se achicaba con facilidad. Quizás no pudiera poner su firma en un papel, y se avergonzaba de ello, pero haría lo que fuese por sus hijos. Trabajó día y noche sin descanso. Miguel la ayudaba con un poco de dinero que nunca era suficiente. Sus hijas crecieron y poco a poco comenzaron a hacer sus propias vidas. Ella siempre las animó a luchar por sus sueños y a que escogieran su camino. Además de Miguel, sólo Isabel, la más pequeña seguía viviendo con ella.
A mediados de los sesenta Miguel se marchó a Francia. Le hablaron de que allí podía ganarse bien la vida, ahorrar para comprar unas tierras y volver a trabajar en el campo, pero esta vez siendo el amo. Sólo serían unos años, eso le dijo a su madre. Una mañana de Enero Dolores acompañó a su primogénito a la estación. Era la primera vez que “su niño” que ya tenía más de treinta años, no dormiría bajo su techo. Se marchó con la promesa de escribir cada semana para contar a su madre como le iban las cosas. Durante dos años, cumplió su promesa. Dolores recibía las cartas, las abría, recorría con la yema de los dedos aquellas letras que le escribía su hijo, y por un instante, era como tenerlo de nuevo en casa
Un día las cartas dejaron de llegar. El instinto de madre le dijo que algo no estaba bien. Fue en busca de las familias de los que se marcharon con él, pero nadie sabía nada. Algunos le dijeron que no se preocupara, quizás tenía una novia y eso le había hecho perder el contacto. Pero ella sabía que “su niño” no le faltaría a una promesa así porque sí. Sin saber que hacer se fue al Ayuntamiento, alguien habría allí que pudiera hacer algo. Y como en todas partes hay gente buena, hubo quien la escuchó. Pedro,  un secretario que acabaría casándose con su hija pequeña, Isabel. El muchacho, consiguió hablar por teléfono con el consulado de Francia en Madrid. Allí, y con los pocos datos que Dolores les facilitó, prometieron averiguar que sucedía con Miguel.
Un mes más tarde, Pedro recibió una carta en el Ayuntamiento. Estaba en francés y tuvieron que recurrir a uno de los pocos profesores que de esa lengua había en el pueblo.
Las noticias no podían ser peores, Miguel había muerto meses atrás. Al parecer el joven enfermó, y lo que en un principio parecía un simple resfriado se había ido complicando hasta ser una neumonía que resulto mortal. Al parecer escribió a su madre hasta el último instante. En una de sus misivas le pedía que fuese a verlo porque temía no recuperarse. Esto lo supieron por un médico, hijo de españoles, que aunque prometió avisar a su madre si le pasaba algo dijo “sentir mucho haber olvidado el caso”, y pedía perdón en la carta.
Dolores corrió a su casa llorando sin consuelo. Sacó del cajón donde las guardaba todas las cartas de su hijo. Repasó las últimas y vio que las letras eran más endebles, como si le fallara el pulso. La preciosa letra de su hijo quiso decirle algo y ella... no supo leerlo.
“Su niño” había muerto solo en un país extranjero, rodeado de extraños, sin el calor ni el consuelo de su madre. Nadie había acudido a su entierro y nadie llevaba flores a su tumba. Dolores, desgarrada por el dolor de su perdida, no encontraba alivio. Pedro y algunos otros, reunieron el dinero suficiente para que fuese a ver por última vez a su hijo, Isabel la acompañaría.
Dolores apenas recordaría nada de lo que vio en aquel viaje. Ni los campos verdes, ni los hermosos paisajes que recorrió. Sólo pensaba en ver a su hijo, aunque lo único que vería sería una lápida. No era más que un rectángulo de piedra gris, con una inscripción que su hija Isabel leyó. “Miguel González Pérez, 33 años”. Recorrió una y otra vez con la yema de los dedos las letras que componían el nombre de su hijo, tal y como solía hacer con las cartas. Entre lágrimas le pidió perdón una y mil veces por no acudir en su ayuda, por no saber ver, por no saber leer. Nada ni nadie podía consolarla, ninguna madre debía sobrevivir a un su hijo, repetía cuando alguien intentaba darle ánimos.
Dolores se vistió de negro cuando murió su hijo, y nunca más se quitó el luto. Un luto y un recuerdo que la acompañó a  todos  los acontecimientos que se fueron sucediendo en la gran familia que había formado. Las bodas de sus hijas, los bautizos de sus nietos, las primeras comuniones...  y siempre decía “a Miguel le habría gustado mucho ver esto”.
 Pasaba el tiempo en su casa, envejeciendo, su hermosa melena negra se tornó blanca como la nieve, se recogía el pelo en un moño que cada día era más pequeño. Sus hermosos ojos azules se rodearon de un sin fin de diminutas arrugas. Sentía que ya nadie la necesitaba, había luchado mucho, trabajado hasta quedarse sin fuerzas, ahora ya no la necesitaban. Pero aún le quedaban algunas cosas pendientes...
 Hace cosa de un año la abuela Dolores, con sus casi noventa años, estaba escuchando la radio. Y para mi sorpresa dijo:
- Niña, mañana me acompañas a la Casa de la Cultura, que dicen que van a dar clases para los mayores. Tú ven conmigo por si hay que rellenar algún papel, que ya sabes que veo poco.
No le dije ni que si, ni que no, pensando que al día siguiente no se acordaría. Pero por la mañana bien temprano la abuela Dolores estaba esperándome, con el moño más apretado que nunca y la toquilla nueva que le había regalado para su santo.
Caminó por la calle cogida de mi brazo como hacía siempre, con paso lento pero seguro. Era una mujer fuerte a pesar de los achaques propios de su edad. Y aunque estaba “muy gastada” como ella misma decía, aquella mañana  se había levantado con unos ánimos totalmente nuevos.
Rellené los impresos y en una semana, la abuela Dolores comenzaba sus clases. Fue una alumna aplicada que usó las cartillas que yo tenía guardadas de cuando iba a párvulos. En pocos meses leía sus primeras frases y escribía, despacio, y esforzándose por hacer una bonita letra. Al terminar el curso, la profesora quiso que leyera un libro. Algo sencillo, nada complicado dado su edad y sus, en realidad, pocos conocimientos de lectura. Fui a recogerla para acompañarla a casa y estaba manteniendo esta conversación con su maestra.
- Bien Dolores, espero tenerla aquí el curso que viene. Me gustaría que leyese algo en las vacaciones, quizás alguno de los libros que hemos comenzado en clase y...
- No hace falta señorita- dijo la abuela Dolores interrumpiéndola- si no me he muerto vendré, tengo mucho que aprender y llevo un poco de retraso. En cuanto a la lectura, tengo en casa algo que llevo muchos años queriendo leer, tengo para todo el verano. Son dos años de una vida que un día me perdí.
Todas las mañanas la abuela Dolores se sentaba junto a la ventana donde el sol iluminaba con fuerza. Iba sacando de una vieja lata de galletas unas cartas amarillentas. Desdoblaba el papel con cuidado y repasaba las letras una a una con las yemas de los dedos, pero esta vez, sabiendo lo que decían. Leía despacio, la bonita letra de Miguel. Cuando no conocía alguna palabra me llamaba para que se lo aclarase. Lo que más le gustaba era leerme en voz alta algún párrafo. Solía mirarla sin que se diese cuenta, sonreía y lloraba casi a la vez. Después, a lo largo del día, me hablaba con detalle, de lo que aquel día le había contado Miguel.
Decía que ya podía morirse tranquila, que su hijo le pedía en una de sus cartas, que fuese a verlo, que se moría sin verla otra vez. Se lamentaba de su tardanza en aprender a leer, de niña no pudo, y cuando fue una mujer no se permitió del lujo de dejar de trabajar un instante, todo su tiempo fue para su familia y nada para ella.
Murió a finales de verano, en las mismas fechas que el tío Miguel. La encontré sentada junto a la ventana con su última carta en la mano, y el rostro bañado en las lágrimas que de nuevo no pudo contener.
Cuando visito su tumba, recorro con la yema de los dedos su nombre, como ella hacía con las palabras de su hijo. Y puedo sentir que de nuevo pasea de mi brazo camino del colegio, para cumplir por fin uno de sus sueños. Sé lo mucho que la abuela Dolores disfrutaría leyendo estas palabras, aunque llorase como yo al llegar a este punto.
Yo llevo su nombre, soy hija de su hija Isabel, la más pequeña.
Orgullosa de ser nieta, de la abuela Dolores.


miércoles, 8 de abril de 2015

¿Qué quiere el viento?

El viento sopla atormentado ahí afuera. Se queja, silba, aúlla, grita. Agita furioso los arboles, derriba a su paso todo aquello que no le ofrece mucha resistencia. Y hasta quiere levantarnos los pies del suelo. Llevarnos con él. Colarse en todas partes. Y no lo dejamos. Cerramos puertas y ventanas, y miramos a través de los cristales diciendo de él que es un desagradable. ¿Nadie se ha preguntado qué le pasa? Quizá solo quiere compañía, que alguien lo oiga y suspiré con él. Quizá ha perdido algo, a alguien, y desesperado trata de encontrarlo. Quizá solo es un amante queriendo entrar en el corazón de su amada. Quizá ella le ha negado su amor y no lo deja pasar. Y como loco intenta hallar un camino, por donde sea, como sea... Y no sabe hacer otra cosa que lo que hace. Volvernos locos, alborotar todo lo que toca, enredarnos el pelo y levantarnos las faldas. Hacer volar todo lo que encuentra, esperando solamente que alguien lo oiga de verdad. Que oiga ese lamento, que lo ayude a llegar...donde quiera que sea que vaya...
Que alguien le ayude, a conseguir lo que quiere.

sábado, 4 de abril de 2015

Segundas partes...

El año pasado por esta época andaba inmersa en la publicación de "Para ti, amor mío". Decisiones, correcciones, preparativos, nervios...emociones. Estaba deseando y temiendo que llegase el momento de mostrar mis palabras. Todas aquellas horas de trabajo. Quizá fuese solo algo sencillo, una de esas lecturas que te distraen y te hacen pensar en otra cosa. Quizá no fuese algo profundo y trascendental. Llené doscientas cincuenta páginas de amor, de sentimientos, de pasión. Y esperé, deseé, que quien lo leyese viese todo aquello. Que sintiese y amase con Valentina. Que saborease el vino, oliese las flores del jardín de Los Canchos y disfrutase de las puestas de sol. Que se perdiera en la profundidad de la mirada de Martín, o en la calidez de los ojos de Víctor.
Es posible que no haya sido capaz de llegar a muchos, pero si lo he conseguido con la gran mayoría. Eso me llenó de orgullo, y de miedo. Miedo a no ser capaz de volver a hacerlo. De no conseguir que mis palabras enganchasen de nuevo a quien me leyese. Miedo de haber consumido el escaso talento que pudiera tener.
A principios de este año comencé a escribir otra vez. Escribir una segunda parte me parecía fácil. Conocía a Valentina, sabía como pensaba, como actuaba, como sentía. Y tenía bastantes peticiones de esa segunda parte, de más sobre ella, sobre Martín, y quizá un poco menos sobre Víctor.
Las palabras han fluido con facilidad durante un par de meses. La historia es algo más compleja y está completa en mi cabeza. Aunque algunas veces me cueste un poco ir de un punto a otro.  A fin de cuentas solo soy una aficionada. Quizá dentro de unos meses esté otra vez inmersa en el trabajo que supone preparar la publicación de ese nuevo libro, eso espero....
Os dejo un parrafito, uno muy pequeño, un bocadito... deseando si es posible que os abra el apetito.

     "Se apartó de mí, oí entrechocar la madera en la leñera junto a la chimenea, y el golpe seco de un tronco al caer dentro. Saltaron algunas pavesas y olí el humo. Un momento más tarde unas tímidas llamas comenzaban a lamer el leño seco. Danzaban a su alrededor acariciándolo como pequeñas amantes lujuriosas. Seguras de poseer pronto aquello que deseaban. Seguras de que aquel madero ardería hasta consumirse por ellas. La luz del fuego iluminó a un Martín espléndidamente desnudo que volvió a mi lado. Dispuesto a hacer que como aquellas llamas, me consumiese de deseo por él".

lunes, 23 de marzo de 2015

Femme Fatale (Sacado del baúl donde guardo lo que escribí hace mucho)

La taza resbaló de mi mano. Se estrelló contra el suelo derramando el café, ya frío, sin romperse. Como hipnotizado miré la manera en que se alejaban sus tacones de aguja, no podía apartar la vista del suelo, ni de sus pasos...
Todo parecía suceder a cámara lenta, cómo en una de esas películas que tanto le gustan. Siempre vestida de mujer fatal, labios rojo fuego y un cigarrillo que parecía no desaparecer nunca de su boca. Y al igual que en una de esas películas, mi mente hizo un flash back, retrocediendo al momento en  que la conocí.
 Pasaba la tarde, como de costumbre, sentado en la barra de este mismo bar. El barman se entretenía en secar vasos con un paño que de seguro fue algún día de un blanco prístino. Un gesto suyo me hizo girar la cabeza hacia la puerta. La luz del sol de media tarde la enmarcaba, no pude ver su cara, sólo sus curvas. No tenía el ánimo para mujeres, aún estaba convaleciente de la última, y volví a concentrarme en mi bebida. Oí el sonido de sus pasos y olí su perfume antes de escuchar su voz. Su olor era algo dulce y suave, que me envolvió.
—¿Me das fuego? -dijo-
Sin contestar saqué el mechero del bolsillo del pantalón, y encendí su cigarrillo. Ella acercó su mano a la mía para proteger la llama de un viento inexistente. Dio una calada larga, haciendo que el carmín rojo dejase una huella visible en la boquilla. Sin apartar sus ojos de los míos, entre la nube de humo, le hizo una seña al camarero que se apresuró a atenderla.
— ¿Qué le pongo?
— Lo mismo que toma él — dijo sin dejar de mirarme
Señaló mi vaso casi vacío, iba por el tercero, ron de caña de azúcar. Me aficioné a él en uno de mis viajes, últimamente era mi mejor y única compañía.
— ¿Vienes mucho por aquí? — preguntó—
— Casi se puede decir que soy parte de la decoración— respondí
—¿Puedo invitarte a otro?
Acababa de apurar el vaso y yo mismo iba a pedir más. En apenas unos segundos había conseguido captar mi atención y despertar mi curiosidad.
—Claro...por qué no – contesté-
— ¿Te importa que vayamos a una mesa? estaremos más cómodos para hablar.
Con la mano le indiqué la sala vacía.
—Elige tú misma.
Al bajarme del taburete me acerqué, y ella dejó que me asomara a su generoso escote. La seguí con la mirada mientras caminaba delante de mí. La falda negra ajustada a unas caderas esplendidas, medias de seda,  tacones de aguja, aquello era lo que cualquiera llamaría, “vestida para matar”. Llevaba la oscura melena recogida en un moño, demasiado severo para el resto de su aspecto. Por un momento me imaginé soltándoselo, y derramando aquella lustrosa cabellera sobre sabanas de seda blanca, fría y suave.
No recuerdo la conversación, cosas insustanciales supongo, sin importancia alguna. Varias copas de ron después, entre cigarrillo y cigarrillo, la besé. Salimos juntos de aquel bar, las horas habían ido pasando sin que les prestásemos atención. El sol agonizaba sangrante en alguna parte, y sólo nos había dejado algún reflejo rojizo en los jirones de nubes que adornaban el atardecer. Para nosotros aquel ocaso bien podía ser un amanecer.
Durante un mes entró en el bar a la misma hora, tomábamos varias copas y luego salíamos hacia mi casa. El deseo y la pasión mandaban, nosotros obedecíamos. En el mismo instante en que nos tocábamos perdíamos la noción de todo. No hubo besos tímidos, ni arrumacos someros. Era como si nos conociéramos íntimamente desde hacía años. Ella parecía saber que me gustaba y cómo me gustaba. Respondía a mis caricias de forma apasionada, era complaciente y excitante. Podía llegar a parecer tan sumisa algunas veces que únicamente deseaba obedecerla, servirla, ser su más humilde esclavo. Despertaba todo eso sin ni siquiera expresar nunca algo parecido a una orden. Aunque si lo hubiera hecho yo no habría dudado en acatarla. Se entregaba de tal manera a mí que dominaba totalmente mi voluntad. Nunca pasó una noche conmigo a pesar de intentar retenerla. Sentirla amodorrase abrazada a mi era algo que deseaba. Encontrarla al amanecer a mi lado, todo un imposible. Era una seductora Cenicienta vestida de seda negra que desaparecía de mi vida cada noche a la misma hora, eso sí, jamás olvidaba sus zapatos. Vivía mis días esperando nuestros encuentros, me sedujo su cuerpo, y a pesar de que conversábamos poco había algo en ella que estaba calando hondo en mi. Una noche, mientras se preparaba para marcharse, sin pensar, guiándome por lo que sentía,  le dije unas palabras que nunca pensé que sería capaz de pronunciar.
—Estoy enamorado de ti.
—¡Qué tontería! ¡Estás enamorado de lo que ves, enamorado de tus orgasmos!, pero no me conoces, ¿Qué sabes de mí?
No esperó una respuesta y dando un portazo me dejó en la cama, enredado en unas sabanas que todavía conservaban su calor. Era cierto, no sabía nada de ella, había entrado en mi vida y tomado lo que deseaba, al parecer eso era todo. Yo, que  presumía de no involucrarme sentimentalmente. De no querer demasiado a mis amantes. Ese al que tachaban de usar a las mujeres, acababa de encontrar la horma de mi zapato.
 La esperé cada tarde en el bar, bebiendo ron, sentado en la barra y volviendo la cabeza cada vez que se abría la puerta, y no regresó. El sol de media tarde no volvió a enmarcarla en la entrada. No tenía manera de encontrarla,  ni siquiera sabía su nombre porque cada noche me pedía que la llamara de distinta manera, y no me importó hacerlo. La primera noche fue Marlene, la siguiente Rita, días más tarde era Lauren, Greta o Verónica. Mujeres de película, actrices de otro tiempo, mujeres fatales en la ficción y alguna fuera de ella. Ella jugaba a ser otra, y por una vez, por primera vez, yo, sólo había sido yo. Aquella mezcla de sensaciones, de sentimientos, era amor. Pasión, deseo, misterio, esa mujer era un enigma a resolver y lo resolvería. Quizá se había marchado aquella noche porque tuvo miedo de reconocer que sentía algo más que atracción sexual, algo más que un deseo por satisfacer. La cogí desprevenida y huyó. Tenía que encontrarla, y si lo que quería era intriga, si quería ser otra, si yo tenía que ser Humphrey para ella... lo sería.
Pasé semanas buscándola. Tenía pocas pistas, nunca pidió un taxi para marcharse, se iba a pie, por lo tanto debía vivir cerca. Nunca antes de aquella tarde había entrado en el bar, allí nadie la conocía, sólo la habían visto conmigo. Paseé por los alrededores de mi casa, bebí ron en más bares de los que puedo recodar, pregunté a los camareros y a los parroquianos de los más oscuros tugurios. Les hablé de su escultural figura, de sus labios rojos, de su pelo oscuro, y de sus tacones de aguja... la tierra parecía habérsela tragado.
Hasta hoy...
Me dirigía al bar  un par de horas antes de lo que acostumbraba. En la esquina, justo antes de llegar hay un cine. No presto atención a lo que ponen, es uno de esos lugares para los nostálgicos y en el que sólo hay reposiciones de viejas películas. Tampoco me fijo en la gente que espera, o en la taquillera, hasta esta tarde. Una mujer discutía a voz en grito por algo en la numeración de los asientos, el destino, mezclado con la curiosidad, hizo que mirase hacia el cine. Esta vez era la ventana de la taquilla la que enmarcaba el rostro de Marlene, Rita o como quiera que se hiciera llamar hoy. Me puse en la cola, nervioso, sin saber que decirle cuando la tuviese cara a cara. La fila avanzaba lenta pero imparable, y por fin, llegó mi turno.
— ¿Cuántas entradas? — Preguntó automáticamente.
—Una —le contesté.
— ¿Qué sala? — preguntó sin mirarme
—Me da igual — dije
Fue entonces cuando levantó la vista, no pareció sorprendida. Tenía el pelo recogido, como cuando la conocí. Llevaba el uniforme de la cadena de cines. Un soso vestido de rayas azules con su nombre sobre el bolsillo derecho, como las cajeras de los supermercados.
—Espérame en el bar— dijo.
Obedecí como un niño y me fui al bar a esperarla. Pedí café, el barman me miró como si no me reconociera. Quería tener la mente lúcida cuando llegase, esta vez no se escaparía tan fácilmente. La vi entrar, aún vestía el uniforme, pero llevaba sus tacones de aguja y sus sempiternos labios rojo fuego. Se acercó a la barra y sacó un cigarrillo que  me di prisa en encender.
—Bien, me has descubierto. Te he visto pasar cada tarde, preguntándome por qué no me veías, ¿Qué te parezco ahora? Sólo una insulsa taquillera ¿verdad?, ¡Dime ahora que me quieres!
No estaba del todo seguro pero el tono de su voz en apariencia enfadado, escondía algo más, ¿quizá un deje de tristeza?
— Ahora que sé tu nombre, me sigues pareciendo encantadora y misteriosa. No me importa a lo que te guste jugar, podemos jugar juntos. Te he buscado todo este tiempo, ¿Por qué no crees que te quiera? Por favor…
En mis ojos había una súplica que esperaba que ella leyese, que atendiese.
 La conversación no iba a ser mucho más larga. Ella no daría mil explicaciones y tampoco me dejaría darlas a mí, me lo jugaba todo a una sola carta. Dio una calada al cigarrillo, a pesar del uniforme, la mujer fatal había vuelto. Me miró de arriba abajo con una sonrisa en la comisura de los labios. Y volvió a usar ese tono, esas frases de película.
-Normalmente evito la tentación, a menos que no pueda resistirme. Estaré aquí a la hora de costumbre.
Se giró para marcharse, y sin mirarme dijo:
- Una cosa más, esta noche... llámame Mae.
El corazón me latía con fuerza, tanta, que la taza con el café, ya frío, resbaló de mis manos.






domingo, 8 de marzo de 2015

Un cuento de princesas (El capitán de la guardia).

El capitán de la guardia de la Ciudadela había visto a la princesa blandir su espada al amanecer. Ella lo hace cada mañana. Al igual que ordena encender hogueras en la noche, para hacerle saber que continúa esperando.
Sería fácil dejar que la princesa lo amase cada uno de los días que le quedaban por vivir. Ese, y no otro, era su mayor deseo.  En su juventud hizo un juramento a quien gobernaba aquella fortaleza. Había sido educado en el honor y las leyes de la caballería. Y nunca, jamás, pondría en duda su lealtad, ni siquiera por amor. Y eso, y no otra cosa, es lo que siente por la valerosa princesa, amor. Sabía que ella alguna vez dudaba de sus sentimientos. Pero también sabía que entendía su proceder, que ella amaba en él su rectitud, su honradez. Nunca haría nada para que faltase a su palabra. Tal vez la princesa esperará inútilmente toda su vida a que el gobernante de la Ciudadela lo libere de su promesa. O tal vez el capitán se de cuenta que ser caballero implica tener valor. Y que el valor no es otra cosa que hacer lo correcto y mantener la verdad a toda costa. Y la verdad, su verdad, era que amaba a la princesa mucho más de lo que había llegado a amar a todo lo que representaba aquella fortaleza.
Por eso ella esperaba, y él, se asomaba al torreón más alto cada mañana.
El capitán de la guardia contaba los días que faltaban para la siguiente noche de luna nueva. En esas noches oscuras sin luna salia del castillo a encontrarse con la princesa.
Se deslizará sigiloso entre el ejercito de aquella a quien ama, ocultándose en las sombras hasta llegar a su tienda. Ella lo aguardará ansiosa, nerviosa, temiendo por su persona, porque no en vano aquello era una guerra por poca sangre que se derramase. Estará sentada ante sendas copas de vino. La armadura y la espada abandonadas en un rincón. Porque aquella noche no será guerrera, solo mujer. Vestirá sus más finos vestidos de seda. La abundante cabellera recogida en una gruesa trenza descansará sobre su pecho. Sobre su corazón, como un último bastión que la defenderá. Porque si bien no se rinde ante nada, lo hace ante el corazón del capitán en el mismo momento en que  sus ojos lo ven llegar.
Apenas unas horas estarán juntos, hasta el siguiente cambio de la guardia. Se enredarán en un abrazo del que les dolerá soltarse. Se besarán hasta que los labios les ardan. Se entregarán el uno al otro como solo lo hacen los que se aman. Sin reserva alguna, siendo del otro por completo.
Ella le rogará mil veces que no se marche, y él, renegará otras mil del hecho de no poder quedarse.
La princesa amenazará con de verdad destrozar aquel castillo, con tomarlo por la fuerza, Y el capitán con tristeza admitirá que tendría que combatirla, aunque la vida le fuese en ello, aunque se le rompiese el corazón en un millar de pedazos. Y ante la posibilidad de perder su amor para siempre retira su amenaza. Esperará. Siempre le queda mañana.
Ella llorará hasta el amanecer cuando él se marche. Y él...¿Había llorado alguna vez?.
El asedio continúa. El ritual de cada amanecer y cada anochecer. El encuentro de los amantes cada noche sin luna.
El cuento no se acaba, no tiene final, nadie es capaz de escribirlo, y nadie lo hará, mientras la princesa no se rinda y siga siendo capaz de esperar.




sábado, 7 de marzo de 2015

Un cuento de princesas.

Amanecía, el sol apenas despuntaba tras las agrestes montañas. La princesa dejó su tienda. Avanzó con cuidado entre las hogueras casi extinguidas y que aún daban algo de calor a los hombres que dormían junto a ellas. Alguno se removió en su duro lecho de tierra, y ella, detuvo sus pasos, no quería alertar a la guardia. Caminaba envuelta en su capa, y con la espada en el cinto. Su vieja cota de malla necesitaba algún remiendo. Tantas batallas libradas, y tan pocas ganadas. Llegó a una pequeña atalaya dejando atrás el campamento. Desde allí podría ver aquello que tanto ansiaba. La hermosa fortaleza que anhelaba conquistar. Años duraba ya aquel sitio, y se encontraba en el mismo lugar en el que lo comenzó. El viento sopló y agitó su cabellos. El sol arrancaba ya brillos dorados en las almenas de la fortificación que miraba. La ciudadela pronto despertaría. Entrecerró los ojos tratando de distinguir algo en los torreones. Llegó a aquella lid con el bando perdedor. Supo siempre que pretendía conquistar un imposible, un reino que nunca le pertenecería. Se llevó  la mano a la empuñadura de su espada. Apretó el puño con fuerza  alrededor y la desenvainó, blandiéndola en el aire. El astro rey llenó la afilada hoja de luminosos destellos. Aquel que la amaba y  aguardaba en el castillo podría verlos, y de esa manera saber que ella, seguía allí. Que no se había rendido.
El amor la había llevado hasta allí. Por amor había comenzado una guerra que no podría ganar. Por amor no batallaba, solo, esperaba. No usaba ni sola de las armas que poseía. No hacía daño, no podía. Por amor no se rendía. Era como aquellas rocas sobre las que pisaba, inamovible, impasible, dura. Sus hombres, los más osados y aguerridos guerreros se preguntaban por qué. Aunque jamás la abandonarían, porque sabían que la suya era una causa noble.¿Qué hay más noble que un sentimiento puro? No claudicaría, no lo haría, su corazón no se lo permitiría. Más de una vez había ordenado furiosa que se levantase el campamento, que se recogiesen las armas y se apagasen para siempre las hogueras. Pero antes de que alguno de sus hombres llegase si quiera a moverse revocaba esa orden. Porque era la única manera de calmar los latidos furiosos de su corazón.
Volvió a envainar la espada que se deslizo en su lugar con un siseo. Miró de nuevo hacía lo que tanto amaba y se dijo:
-Hoy no vencerás. Pero te queda mañana. Siempre mañana.
Su bandera ondeará todo el día, y las hogueras iluminarán el cielo nocturno. Desde la fortaleza oirán el entrechocar de espadas. Oirán a un ejercito que se prepara para atacar, pero que nunca lo hará. La princesa no avanza, no lucha, y pierde casi todas las batallas. Pero nunca, jamás, se rendirá.
Su corazón no se lo permitiría.