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domingo, 27 de marzo de 2016

Desde el lejano ayer...

Mi pasado es un ave de carroña, enorme y negra que de tanto en tanto agita sus oscuras alas, levantando polvo y cenizas. Se alimenta de un trozo nauseabundo de mi ayer, enterrado hace mucho y vuelto a desenterrar con sus afiladas garras. Ese aleteo inesperado hace que las cicatrices parezcan frescas, que las heridas sangren como recién hechas. Que el dolor regrese, sordo, frío, lacerante. Que sienta gana de gritar ¡No! ¡Otra vez no! Que intente recordar dónde me equivoqué. Y al rememorar, le doy fuerzas a ese fantasma que clava sus zarpas hundiéndolas sin ninguna misericordia, en mi hoy, en mi vida de ahora que nada tiene que ver con la que fue ayer.
Cada vez que él regresaba se llevaba un trozo de mí. Cada vez que lo hacía urdía mil y una maneras de vengarme, de devolverle el daño y las lágrimas. En mi fuero interno deseaba verlo de rodillas, deseaba ver su sufrimiento y alejarme de él sin miramientos. Sin volver la vista atrás, sin que me remordiese la conciencia, sin que me pesase. Deseaba ser capaz de hacer lo mismo, que una y otra vez, me había hecho a mí.
Lo presentía, como se presiente el peligro oculto en la oscuridad o en la niebla. Como se teme a la amenaza conocida, aunque desconoces cuando va a aparecer. Cada mal momento en su vida lo traía de vuelta hasta mí. Yo era su original, así me llamaba, y no podía cambiar, esa era su seguridad. Remendaría con mi corazón los destrozos que alguien, y esa nunca era yo, hubiese hecho en su vida. Y cuando se sintiese fuerte, cuando hubiera recuperado lo que nunca perdía conmigo, se marcharía, sin importarle lo que destrozaba.
Presagiaba su retorno como las nubes negras presagian tormenta. Sabía que no tardaría en volver, porque las alas de esa ave carroñera habían movido el aire y con él venía su olor. El apestoso aroma de lo muerto, ese que te hace encoger la nariz y girar el rostro con cara de asco. Pero que sabía, que reconocía, como suyo. Tan suyo como las palabras dulces que ahora eran agrias. Como los besos a los que ya no lograba quitar el sabor amargo. Como las caricias que en su día fueron suaves, y ahora, arañaban mi piel. Sin embargo ¿Qué parte de mi poseía todavía? ¿Qué parte de mi maldito corazón no era aún negro? ¿Qué parte no había roto hasta dejar inservible? Y si hay una sola pizca en mí, si queda un pequeño rastro todavía de lo que había sido,  de lo que fuimos, él, triunfará de nuevo.
Exhumará los cadáveres de nuestros recuerdos juntos, les dará una vida perdida hace mucho. Los hará pasearse por mi memoria como despojos andantes, que dejan a su paso jirones de si mismos, pero nunca los suficientes como para hacerlos desaparecer. Los expondrá como si fuesen frescos, queriendo ocultar su olor descompuesto. Mi temor es ver tan solo uno vivo, sentir tan solo a uno de ellos. Que uno me haga recordar la primavera, el perfume que estrenan las flores a su comienzo, el sol, los amaneceres, esos pequeños instantes en los que logró hacer que me sintiese feliz. Y consiga que olvide cada una de las veces que se marchó, dejando tras de sí tan solo ruinas y desolación.
Mi temor es que de toda esa destrucción nazca de nuevo una esperanza, que vendrá al mundo condenada sin remedio, a una terrible y agónica muerte.